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El estigma político en la era digital

El ejercicio político ha evolucionado a través del tiempo sin perder la esencia del debate y la gestión gubernamental en espacios donde sus principales actores generan medidas de mejoramiento de la calidad de vida de una sociedad, sean estos, en asambleas, plenos o en cualquier otro espacio físico en donde, independientemente de la presencia de una audiencia, la correlación de fuerzas esta presente entre diferentes pensamientos ideológicos. Una de las características que fortalece una democracia cuya estructura es variable, diversa, dinámica y de oposición.

La evolución de este fenómeno social que regula la convivencia social no solo que ahora es mas complejo sino que es camaleónico y a su vez (con la ayuda de una comunicación defectuosa) muchas veces desentendido. Pero este desentendimiento sobre la política no radica en una posible complejidad por percibir su gestión y su accionar, sino que refleja dos aristas que quizá pueden ser duras pero son necesarias mencionarlas para buscar una posible “tregua” entre el ciudadano indignado por una política históricamente excluyente y atroz y un sistema gubernamental que es permanentemente cuestionado por sus mandantes.

Las sociedades han ido cambiando y adaptándose a las nuevas formas de comunicación cuyo fin es acercar mas a los individuos y generar nuevos espacios de libre expresión y opinión pública como lo son los espacios virtuales (portales web, blogs, redes sociales, etc.). Paralelo a ello, evidentemente los fenómenos sociales que la estructuran también se adaptan a estas nuevas realidades como una forma de no quedarse en el antiguo andamiaje de la dinámica mundial y reinventándose con miras a las nuevas generaciones.

Uno de estos grandes fenómenos sociales, reinventados y adaptados es la política y sus formas de comunicación. Sin embargo, es la pobre gestión política sobre los pueblos lo que ha despertado el descontento social y la falta de legitimidad sobre los personeros de la cosa pública.

Es en este punto en donde el marketing político entra en juego y busca posicionar al ejercicio del poder con estrategias de compresión del mismo y de una idea natural de servicio social y democrática, esto gracias a una construcción propagandística del convencimiento, de creación de necesidades y de una identificación con ellas. Frente a ello, los diferentes movimientos militantes y diferentes sectores adherentes a un pensamiento político empiezan a proliferar en espacios virtuales (redes sociales), cuyo fin es consolidar su proyecto político e incrementar sus filas en pro de una mayoría democrática que ponga a sus líderes en el poder.

Hasta ahí se entiende que el proceso de interacción es moderado, libre y consensuado, sin embargo, la realidad es otra, el estigma de un actor político cuyo fantasma es perseguido por antecedentes de un espacio donde reina el conflicto de intereses, ineficiencia, corrupción y demás temas cuya ilegalidad es lo mas trascendental, evoluciona justamente a espacios virtuales cuyo fin es aniquilar al enemigo y sepultarlo políticamente.

A diario, los incontables medios de comunicación que también se volcaron a las redes sociales generan contenido ligado a coyuntura política y es el mismo pueblo quien a través de sus percepciones (muchas de ellas mal infundadas) levantan juicios de valor si corroborar las premisas de “verdad” que están en debate sobre el perjudicado.

Si es un tema de corrupción que esta en entredicho hacia un actor político, la ciudadanía lo sentencia antes de hora, por supuesto, sin argumento alguno; y es que la política (indistintamente de la región) esta tan mal percibida que toda hipótesis por mas pequeña que sea, es motivo suficiente para contrarrestar la honra de cualquier funcionario público.

Es en este caso en donde la comunicación política al parecer crea deficiencias en cuanto a cambiar la percepción de un actor político y sus estrategias, por tanto, no están funcionando. Lo mismo sucede con las carteras de estado de una nación cuya gestión puede quedar en entredicho frente a cualquier minúscula demanda en su contra.

Por su parte los llamados trolls centers de varias militancias estimulan este tipo de rechazo hacia el aparato gubernamental lo que en algún momento podría generar una polarización de pensamientos y desencadenar actos de violencia sin precedentes.

Sin embargo, se puede entender que la coyuntura política se desprende de otra al ubicarse en un espacio-tiempo en donde una guerra ideológica es permanente y el que no ataca es aniquilado, es como la sobrevivencia del más fuerte en la selva o el mismísimo proceso electoral donde las campañas negras también son válidas. Un conflicto bélico-virtual que no abre espacio para el análisis y la reflexión real de lo que pasa y solo se basa en generar un marco ideológico en donde se ensalza lo propio y se denigra lo ajeno.

La confrontación siempre ha sido tema de actores políticos y es hasta cierto punto saludable para un sistema democrático, sin embargo, esta misma confrontación, ha sido desvirtuada y ha calado en el ciudadano de a pie como un arma de desacreditación no solo para un funcionario sino para sus simpatizantes.

Este tipo de acciones son alimentadas mediante fotografías ofensivas, memes, extractos de videos con fines de afectar la legitimidad de una persona y ello se reproduce hasta el punto de viralizarse en cualquier espacio, no solo en páginas militantes sino en personas que con un tinte de mala fe comparten información sin fundamento alguno y resquebrajando la opinión publica; todo ello en base al prejuicio.

Las sociedades van cambiando y las calles ya no son siempre el espacio de la protesta social, los espacios virtuales son un arma igual de incisiva que un grito frente a una casa de gobierno e incluso es más letal si el contenido de la protesta cala en lo más hondo de otros usuarios creando una identificación con la demanda y el incremento del descontento social.

Es importante el mejoramiento del trabajo estratégico para crear canales de comunicación efectivos con contenido real y no basado en suposiciones. No se el interés el hecho de vetar el confrontamiento entre pensamiento ideológicos sino de que cuando exista uno de ellos sea en base a la realidad que vive una sociedad y no en base a juicios de valor, juicios que han generado estigmas tanto al político honesto y servidor por naturaleza como al funcionario corrupto y desleal con sus mandantes.

AUTOR: Andrés Loja Correa

País: Ecuador

Perfil: Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo de Investigación, Experto en Comunicación Política por la Universidad Indoamérica y Consultor Político certificado por Goberna, Productor audiovisual, Editor General de Contenidos, CEO de Vizzore Comunicación.

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